Qué es el conocimiento, cómo conocemos, qué podemos y qué no podemos conocer. Estas cuestiones son propias de la Epistemología o de la Teoría del Conocimiento.
En el siglo XVII las creencias de la gente cambiaron drásticamente. La imprenta facilitó el acceso a la información. Cada vez más personas supieron que el planeta en el que habitaban no era el centro del universo, que giraba alrededor del sol. Esto provocó una enorme inquietud sobre la certeza de nuestro conocimiento.
¿Qué podemos conocer con certeza, sin apoyarnos en la tradición o en la autoridad de los sabios? ¿Sin fiarnos siquiera de nuestros propios sentidos?
Descartes tuvo la siguiente intuición: " yo pienso, luego existo" . Para él esto era una certeza sin duda. A partir de aquí propuso su demostración de la existencia de Dios y de todas las cosas. La mente o la razón conoce las cosas sin ayuda de la experiencia (Racionalismo).
Francis Bacon y John Locke propusieron otra solución: la mejor forma de estar ciertos de algo es haciendo pruebas y experimentando con nuestros sentidos. Es la respuesta empirista al problema del conocimiento.
Durante la Edad Media la gente había creído en un mundo con propiedades y poderes mágicos. A partir del siglo XVII empieza a entenderse que la naturaleza funciona según principios mecánicos, los cuales podemos llegar a conocer a través de un método científico, basado en observaciones y mediciones. Desde entonces a ese conocimiento le llamamos "ciencia".
Racionalismo y empirismo son dos alternativas, pero ambas tuvieron en común una herramienta muy importante: la lógica.
La lógica sirve para demostrar todo lo verdadero que pueda ser dicho a partir de lo que ya decimos que es verdadero.
La lógica es una herramienta ideal para las matemáticas pero puede usarse, no sólo con números y lenguajes artificiales, sino también con ideas. El problema con las ideas es que usamos el lenguaje natural para nombrarlas, y muchas palabras son polisémicas.
En el siglo XVII las creencias de la gente cambiaron drásticamente. La imprenta facilitó el acceso a la información. Cada vez más personas supieron que el planeta en el que habitaban no era el centro del universo, que giraba alrededor del sol. Esto provocó una enorme inquietud sobre la certeza de nuestro conocimiento.
¿Qué podemos conocer con certeza, sin apoyarnos en la tradición o en la autoridad de los sabios? ¿Sin fiarnos siquiera de nuestros propios sentidos?
Descartes tuvo la siguiente intuición: " yo pienso, luego existo" . Para él esto era una certeza sin duda. A partir de aquí propuso su demostración de la existencia de Dios y de todas las cosas. La mente o la razón conoce las cosas sin ayuda de la experiencia (Racionalismo).
Francis Bacon y John Locke propusieron otra solución: la mejor forma de estar ciertos de algo es haciendo pruebas y experimentando con nuestros sentidos. Es la respuesta empirista al problema del conocimiento.
Durante la Edad Media la gente había creído en un mundo con propiedades y poderes mágicos. A partir del siglo XVII empieza a entenderse que la naturaleza funciona según principios mecánicos, los cuales podemos llegar a conocer a través de un método científico, basado en observaciones y mediciones. Desde entonces a ese conocimiento le llamamos "ciencia".
Racionalismo y empirismo son dos alternativas, pero ambas tuvieron en común una herramienta muy importante: la lógica.
La lógica sirve para demostrar todo lo verdadero que pueda ser dicho a partir de lo que ya decimos que es verdadero.
La lógica es una herramienta ideal para las matemáticas pero puede usarse, no sólo con números y lenguajes artificiales, sino también con ideas. El problema con las ideas es que usamos el lenguaje natural para nombrarlas, y muchas palabras son polisémicas.
Por otra parte cuando el razonamiento lógico es correcto, si comenzamos con algo falso que creemos verdadero, podemos llegar a conclusiones falsas y pensar también que son verdaderas. Los razonamientos que parecen correctos y permiten concluir algo falso se llaman "falacias" o "sofismas".
Hay diferentes maneras de utilizar la lógica para lidiar con las ideas, por ejemplo, la "deducción" y la "inducción".
La deducción es el proceso que deriva lo que es necesariamente verdadero a partir de presunciones, llamadas "premisas", que son consideradas verdaderas. Por ejemplo, los problemas de las matemáticas resueltos por deducción.
La inducción es un proceso de generalización. También se parte de premisas tomadas por verdaderas, pero, al contrario que la deducción, la conclusión no tiene por que ser verdadera necesariamente, es meramente probable.
La inducción no nos asegura la verdad, pero nos ayuda a crear hipótesis, universalizaciones que pueden ser verdaderas y explicar un gran número de casos.
Los filósofos y científicos constantemente aprenden a base de contrastar sus hipótesis con nuevas ideas y observaciones. A veces la hipótesis es afirmada tras la prueba, otras veces no.
En el siglo XX, el filósofo australiano Karl Popper consideró que no podemos probar la verdad de nuestras generalizaciones, en todo caso sí su falsedad: la ciencia depende de un principio de "falsabilidad". Es posible que una hipótesis hasta ahora nunca puesta en duda un día sea demostrada falsa basándonos en la evidencia de nuevos descubrimientos.
La deducción es el proceso que deriva lo que es necesariamente verdadero a partir de presunciones, llamadas "premisas", que son consideradas verdaderas. Por ejemplo, los problemas de las matemáticas resueltos por deducción.
La inducción es un proceso de generalización. También se parte de premisas tomadas por verdaderas, pero, al contrario que la deducción, la conclusión no tiene por que ser verdadera necesariamente, es meramente probable.
La inducción no nos asegura la verdad, pero nos ayuda a crear hipótesis, universalizaciones que pueden ser verdaderas y explicar un gran número de casos.
Los filósofos y científicos constantemente aprenden a base de contrastar sus hipótesis con nuevas ideas y observaciones. A veces la hipótesis es afirmada tras la prueba, otras veces no.
En el siglo XX, el filósofo australiano Karl Popper consideró que no podemos probar la verdad de nuestras generalizaciones, en todo caso sí su falsedad: la ciencia depende de un principio de "falsabilidad". Es posible que una hipótesis hasta ahora nunca puesta en duda un día sea demostrada falsa basándonos en la evidencia de nuevos descubrimientos.
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